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¿A donde van los monjes cuando acaba el monasterio?

Conferencia dictada en el marco del Seminario Pensamiento Contemporáneo de la facultad de filosofía de la Universidad Nacional en junio 2017 organizado por los profesores Carlos Rincón FUBerlin y Germán Meléndez UNal. Bogotá

La conferencia hace un paralelo entre la crisis del arte contemporáneo frente a la noción de arte y la crisis de espiritualidad del hombre frente a las religiones, con sus estrategias como el nomadismo la percepción expandida y el Movimiento Como salidas posibles.


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En defensa de los monjes

Hacerse preguntas acerca de su origen, su destino y el sentido de su existencia es algo intrínseco a la condición humana. No formularse estas preguntas equivale a estar cerca de la muerte intelectual.

El hombre, como ser pensante y con conciencia de sí mismo, necesariamente pasa por una etapa de su vida en la que se hace estas preguntas. Esto lo lleva a una búsqueda interna que implica un distanciamiento del mundo, del cual se desprende una espiritualidad latente que tiende a manifestarse de alguna manera.

Sin embargo, si bien es cierto que cada vez hay menos personas dispuestas a tomar el hábito y que, a la par, se ha multiplicado el fenómeno de los agnósticos, también es cierto que hay un mundo de sectas, congregaciones, terapeutas y entrenadores adscritos a diferentes tendencias espirituales y religiosas, que han ocupado el espacio espiritual asociado a la actividad monacal católica.

Dicho de otro modo, el paso del confesor al psicoanalista y al coach es manifestación de esta espiritualidad polivalente.

El superhéroe

Hasta hace pocos años, la humanidad creía que el mundo que habitamos se hacía cada vez más controlable y hasta cierto punto predecible. Esa imagen de mundo fue construida sobre la base de la certidumbre que dio el progreso de las ciencias desde la Revolución Industrial y la proliferación de nuevos inventos que cambiaron drásticamente nuestro estilo de vida. Ni hablar del desarrollo tecnológico y de las comunicaciones, que son ejemplos claros de un avance científico exponencial: del telegrama al celular; de la carroza al Airbus. Este crecimiento estrepitoso vino acompañado, de modo natural, de una ideología de éxito y competitividad. Después de todo, el crecimiento urbano y el nivel de confort y consumismo fueron aumentando a la par. Sin embargo, las invenciones se hacían a costa de la explotación de la naturaleza; la invención de la energía nuclear y el desarrollo de las comunicaciones se deben en buena parte a las guerras mundiales. Asimismo, un movimiento viril, asertivo, impositivo, como el de la segunda posguerra, acompañado de unas relaciones de poder monolíticas, de identidades basadas en el progreso, se encuentra en la base de la idea de vanguardia, tan arraigada en el mundo del arte. En últimas, se vivía el espejismo del desarrollo, que implicaba, por algún motivo, desechar lo anterior para dar paso a una nueva ola.

Los avances científicos y la incertidumbre acerca del universo

Desafortunadamente, para algunos estas certezas se fueron desvaneciendo con el pasar del tiempo, a la vez que los métodos de observación y análisis de la física se iban sofisticando hasta conducirnos, quizá como los románticos del siglo XIX, a un mar de incertidumbre no solo en nuestra concepción del universo, sino también en nuestras certezas acerca de la historia, los sistemas filosóficos, la religión y el arte. Los descubrimientos de la física moderna acerca del universo no solo trajeron consigo un mar de incertidumbre sobre la estructura, origen y funcionamiento de aquel, sino que la noción misma de desarrollo como progresión lineal entro en crisis, así como los grandes dogmas y sistemas filosóficos.

Dice Lederman, premio nobel de física, en su libro La partícula divina: 'A primera vista, la mecánica cuántica es una revolución científica que forma la roca madre sobre la que florece la ciencia del siglo XX y que empieza por una confesión de incertidumbre' (La Partícula Divina 2009 p. 208).

Por su parte, en 1949 Ludwig Wittgenstein recopila anotaciones sobre la certeza que nos acerca a un rompimiento con la autosuficiencia de la razón , En su tractaus termina acercándose más a la ausencia de sentido.

'Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. Debe por así decirlo tirar la escalera después de haberla subido. Debe superar estas proposiciones, entonces tiene la justa visión del mundo.'

Tractaus Logicius Philosophico p.147

No sorprenderá, entonces, que sea posible repensar, a la luz de estas apreciaciones críticas, la teoría de Goethe sobre el color y, en concreto, sus incesantes reclamos al mundo newtoniano y en contra de la ciencia determinista.

Empero, un ejemplo quizá más patente lo tenemos en el desarrollo de la física moderna, pues la investigación atómica de principios del siglo XX trajo consigo una serie de conclusiones a las que todavía no nos hemos acostumbrado. El profesor Lederman, en su libro sobre el bosón de Higgs, lo caracteriza de manera contundente.La noción de que nuestra partícula más pequeña no sea el átomo y ni siquiera el átomo, sino partículas subatómicas que son los electrones y, más allá de los electrones, partículas que ni siquiera tienen semejanza con lo que consideramos objetos sólidos descritos por la física clásica, sino 'entidades duales muy abstractas que, según como se las vea, unas veces aparecen como partículas y otras como ondas […].' La Partícula Divina 2008 Y que a nivel subatómico la materia no existe con certeza en un lugar definido, sino que muestra una tendencia a existir. Esto podría ser una piedra en el zapato para el modernista de corte clásico. Finalmente, ¿dónde estamos con respecto al universo? ¿Será posible que yo, que me encuentro muy cómodo en mi silla de escritorio, sea parte de eso que llaman posibilidades de existencia? ¡Es algo así como cuando Copérnico planteó que nuestro planeta giraba alrededor del sol y no al contrario! Esto ha contribuido a vivir en un mundo con menos certezas científicas que el de nuestros antepasados. Otro dato que lo corrobora está dado por el proyecto DES que nos dice 'La teoría actual sostiene que el tipo de materia que conocemos, desde nosotros mismos hasta las galaxias, constituye solo cerca del 4 % del universo. El resto es materia oscura (cerca del 20 %) y energía oscura (más del 70 %)' (Proyecto DES, University College of London).

Señalé todo lo anterior para decir que el hombre contemporáneo necesita de una ampliación constante de sus horizontes y de su capacidad perceptiva e integrativa para incorporar tanta información dispersa y tanto tema inconcluso.

Retiro como condición

El hombre busca su refugio, su retiro. Esta actitud tiene su origen en el vigía de la tribu, que buscaba un lugar alejado y con buena visibilidad para darle protección a su tribu. Esto lo lleva a cambiar su perspectiva, a mirar a distancia y a ampliar horizontes.

Junto a esa necesidad de contactar ese otro yo está la necesidad de aniquilar esa tercera persona o ente que se interpone, que es el mundo mismo. Para esto necesita huir de él. El hombre no solo quiere habitar una ciudad, sino habitarse a sí mismo. (Sloterdijk, P 208 2008)

El retiro diádico: sin el mundo y solo con Dios, en el desierto

Como en el diálogo de San Agustín, el interés más grande del santo es diluir el mundo y que nada se interponga entre el yo y Dios.

El lugar que representa un mundo escueto y sin vida es el desierto. Hay muchas historias de anacoretas y, en general, de gente que se va a vivir a cavernas en busca de refugio.

'Quien va al desierto escoge el espacio que le es más apto que ningún otro para minimizar el mundo desde un lugar mundano. El desierto es la opción de agregar solo el resto inevitable del mundo; en el mundo dañino el lugar menos propicio para la vida es el menor de los males. […]

Mediante el apartamiento del mundo se puede llevar a cabo el paso de lo firme a lo fluido, de la exterioridad reciente a la interioridad de la disolución permanente en otro elemento. El desierto es lo bastante hostil y penoso como para incitar a los individuos a un permanente compromiso con la continuidad del combate por la divinización'. (SLOTERDIJK , 2008, pp. 100-104)

Historias del desierto

Juan Mosco (Damasco, 550 d. C.-Roma, 634 d. C.), monje sirio, autor de obras sobre los padres del desierto y conocido por el sobrenombre de 'Abstemio', en su obra más importante, El prado, recoge anécdotas y enseñanzas de los grandes ascetas, además de retratar su género o forma de vida: 'Vivir en el hueco de un árbol, en lo alto de una columna, vagar sin vestimenta por la montaña, o recorrer las calles de una ciudad fingiendo locura era parte habitual de estos hombres' (Historias Bizantinas de locura y santidad, 1999, p. 14).

Leoncio de Neápolis, otro autor de la misma época (siglos V y VI), escribió sobre Simeón 'el Loco', Simeón de Emesa, que salvó a los habitantes de una ciudad bajo el disfraz de la locura.

Otro ejemplo de vida de estos ascetas es el de Cosme 'el Eunuco', que pasaba toda la noche en vigilia cantando salmos y leyendo en su celda o en la iglesia. Lo hacía de pie, sin sentarse un instante. 'Con la salida del sol terminaba su oficio y se sentaba a leer el santo evangelio hasta la hora de la liturgia' (Biblioteca Medieval Siruela 1999, p. 14).

La misión del monje

El ideal de la civilización es la formación de individuos en la sociedad. Los griegos, en su época dorada, aparte de sus grandes avances en la organización política de la vida en comunidad, fueron los primeros en justificar la vida en soledad. Sin embargo, de acuerdo con Nietzsche, solo unos pocos lograban salirse del montón, de la masa, e individualizarse. Estos eran los llamados a repotenciar la existencia.

Tras los ejemplos presentados se hace evidente que el monje es más que el sujeto que vive en un claustro. Se podría hablar, quizá, de una cápsula monacal, de un hábito monacal invisible, que es el que nos interesa cuando queremos hablar de casos contemporáneos. ¿Por qué tiene relevancia hablar de monjes hoy en día? El hombre contemporáneo más que nunca necesita ese desahogo y escape del mundo; está preso de un tedioso afán por obtener un éxito del que ya no está tan convencido.

El hábito monacal implica un distanciamiento de la norma; un cierto estado de percepción de sí mismo, así como de su entorno. Quizá tenga que ver, en un principio, con un acto heroico; quizá, en otros casos, simplemente con seguir una vocación. Pero siempre está presente esa necesidad de hacerse en el margen del mundo y observar a distancia, de modo que se pierda en arraigo para ganar en visibilidad.

De pronto el hombre contemporáneo necesita de una conversación con dioses, un retorno al estado embrionario, una experiencia mística que contribuya a ampliar su percepción y conciencia para aprender a vivir en el nuevo contexto que se le presenta.

La pérdida del monasterio

A la pregunta: '¿Dónde se va el monje cuando pierde su centro, cuando pierde su monasterio?', hay muchas maneras de responder. ¿Será, entonces, que escapa del mundo al mundo mismo?

Cuando el legendario San Cristóbal pasa el río cargando al Niño Jesús, que a su vez carga la esfera del mundo en las manos, se hace la paradójica pregunta: ¿Dónde está colocando los pies Cristóbal, si el lecho del río pertenece al mundo que el niño a quien carga lleva en las manos? De alguna manera, no deja uno de pensar, con Wittgenstein, que 'los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje'.

Asimismo, somos parte de muchas comunidades a la vez y, sin embargo, tenemos la percepción, a veces, de no pertenecer plenamente a ninguna de ellas. Lo mismo que el niño de la escena de Cristóbal, que de algún modo está fuera del mundo que él mismo carga.

La pregunta inicial tiene su respuesta no tanto en una ruta geográfica como en una ruta conceptual. Quizá el escape esté en celebrar la vida en la vida misma; es decir, en habitarse a sí mismo. Expandir su conciencia, vivir una experiencia oceánica, para ponerlo en términos sicoanalíticos, dejar fluir los acontecimientos y saltar de oasis en oasis en ese desierto, percibir un movimiento constante, permitirse el nomadismo cultural, reconsiderar el nomadismo como fuente de inspiración, flexibilizar los conceptos de identidad y proteger la espontaneidad como se protege lo más preciado serían principios a seguir en esta nueva ética monacal.

Expandir la conciencia hasta abarcar muchas esferas es un tema ya abordado por los pensadores contemporáneos como una necesidad del hombre para salir de su potencial estadio de estupidez y alienación.

Estrategias artísticas

El hombre contemporáneo es un narcisista que se aburre consigo mismo y padece de una sobriedad intelectual autoimpuesta, de una espontaneidad reprimida, de miedo a sí mismo, a sus posibilidades. Es un observador de segundo grado que no puede dejar de observarse mientras observa.

El artista es como un monje que vive en la verticalidad, que trata siempre de transgredir o trascender y está abocado a las mismas circunstancias del monje que sube la escalera y después la arroja. El artista proclama la muerte del arte y, sin embargo, su destino final es crear. El mundo del artista es un mundo transformado y transformándose, es un mundo en permanente cambio, como el del monje que huye del mundo en el mundo mismo.

En un momento dado, el artista huyó del mundo para poder recuperarlo. Así desarrolló la pintura metafísica, el abstraccionismo y el arte abstracto. Pero tuvo necesariamente que conceptualizarlos, esta vez, en un discurso que la crítica del arte había extendido a áreas más allá de la estética, como el sicoanálisis, las ciencias, la economía. El artista fue obligado a usar un lenguaje más operativo.

Se puede hacer un paralelo entre el artista y el monje, entre el mundo del arte y los sistemas de creencias: creencia religiosa en crisis, creencia en el arte en crisis.

Sin querer simplificar en exceso, me parece importante hablar de estos dos vectores espirituales, la fe religiosa y el arte, ya que considero que los que giramos alrededor de uno u otro padecemos de las mismas carencias y expectativas, y de alguna manera compartimos las mismas estrategias.

En cuanto a la crisis del arte, no quiero argumentar que a este no le debamos encontrar un mensaje o una misión, pero lo que sí es claro es que para crear se necesita, en un comienzo, sentir un desapego, responder a un impulso. Y este impulso parece ser excesivo a los ojos de un nuevo statu quo, que le da más énfasis al discurso del arte que al arte mismo.

Creer en el poder transformador del acto creativo, más allá de su recepción; creer en un poder de decisión, más allá de un sistema de gobierno, es para mí un acto de fe válido.

Aquí no se trata de esperar un mesías o una obra de arte o estilo arquitectónico que nos desarme y nos devuelva el poder de transformarnos para encontrar un norte. Se trata, más bien, de tener una posición ética potenciada por el arte en todas sus formas, en la cual el artista mismo, los materiales que usa y el contexto en que aparece su trabajo nos lleven a identificar nuevas dimensiones del mundo, a concebirlo desde nuevas perspectivas. Se trata de no olvidar el elemento intuitivo y la estructura emotiva de la obra, sin los cuales esta no sería más que una idea decorada.

El arte, debido a su afán de ser considerado ciencia, y el pensamiento moderno, por su escisión frente a un humanismo más sobrio y tecnológico, deben ser repensados.

Entre el arte y la espiritualidad encontramos a Rudolph Steiner (Imperio austrohúngaro, 1861-Suiza, 1925), una figura importante en el periodo de entreguerras. Filósofo, físico y matemático de la Technische Universität Wien y doctor en Filosofía de la Universidad de Rostock, su obra más célebre es La filosofía de la libertad (1894). Estuvo asociado primero con el círculo teosófico, pero luego desarrolló la antropofilosofía y otros pensamientos acerca de los ciclos en la naturaleza. Influyó poderosamente en artistas de gran significación para la tradición occidental, como Beuys y Kandinsky, entre otros. En sus conferencias sobre la importancia de la percepción y los doce sentidos, Steiner relacionó la fisiología con el mundo de la ascesis y la arquitectura.

De acuerdo con Steiner, no debe existir una división entre mundo y conciencia, sino que todo hace parte de la misma percepción. Al igual que Goethe, pensaba que las ideas se percibían del mismo modo que los colores y los sonidos. En concordancia con esta idea, Steiner propone un desarrollo espiritual a partir de una apertura, es decir, mediante ejercicios espirituales, control del pensamiento y la voluntad, y ejercicios de imaginación dirigida.

En síntesis, Steiner ve en el pensamiento el poder de percibir lo que nuestros sentidos no perciben. De modo correspondiente, existe una interrelación entre las disciplinas asociadas a estos y a aquel.

¿Qué pasó con el arte tras la posguerra?

El modernismo era una cuestión de estética, mientras que posmodernismo se refiere más a ideas. Si usted no está de acuerdo con las ideas, entonces no está entendiendo entre comillas la obra de arte. Las ideas independientes de la estética crean un discurso paralelo al arte.

Es más notorio el uso de las nuevas tecnologías en la creación artística que la renovación de su pensamiento como tal. (Morgan, 1998 ).

La democratización del arte, tan necesaria y bienvenida en los años sesenta, dio paso a un cinismo ávido de público que se ahogó dentro de sus mismos límites. Robert Morgan describe la situación muy bien cuando dice que lo que el Sísifo de Camus es para el modernismo, lo es Narciso para el posmodernismo.

Los representantes del posmodernismo consideraban a los artistas occidentales como representantes de una cultura eurocéntrica colonialista e imperialista. Es así como el arte se redirigió hacia el sicoanálisis, la sociología y la filosofía.

El posmodernismo, como respuesta natural a los acontecimientos y al desarrollo tecnológico de las últimas décadas, no fue tanto un estilo artístico como arquitectónico, y significó la multiplicación de las interpretaciones artísticas, la inclusión de culturas y la apertura a la globalización. Sin embargo, en el mejor de los casos, lo que podríamos considerar arte contemporáneo se ha convertido en una amalgama de personalidades, en la cual el artista, como el malabarista, se mueve en diversos escenarios y, por ello, siempre está en la cuerda floja; es decir, entre encajar en la retórica de un curador u otro y sus propias necesidades de contextualizarse y entenderse en el mundo.

Ahora bien, la globalización como se pensó en un momento dado nunca significó una inclusión significativa de los distintos mundos del arte. El mundo contemporáneo, tras la caída de la socialdemocracia y enfrentado a los populismos y las revalorizaciones étnicas, ha ampliado su recepción de lo que podría considerarse arte: campo muy amplio, al que obviamente muchas personas han aprovechado para vincularse. Por eso son incontables los casos de artistas haciendo publicidad con contenidos sociales para cuadrar en el ámbito de lo políticamente correcto. Sin embargo, todavía se vive el fenómeno de los filtros por los que un artista salido de un país periférico tendrá que pasar para tener visibilidad. El más visible de ellos es el que exige la presentación del tipo de arte que el statu quo espera encontrar en el mal llamado 'tercer mundo'.

Necesidad de éxito y asertividad vs. vulnerabilidad del creador en el mundo contemporáneo

Así como la bolsa depende en gran medida de la manipulación mediática, el arte depende de sus vehículos de exposición y propaganda.

Desde los años setenta el arte se ha convertido en un artículo de consumo diario. Arte y artistas se han vuelto dependientes de su exposición publicitaria y mediática. Ese espacio intermedio entre la obra y el público ha creado un monstruo hipertrofiado que abarca instituciones, bancos, corporaciones y fundaciones.

Desde entonces la crítica no se dirige más al arte, sino a la cultura que la obra de arte representa. La obra tiene que ser evaluada y explicada por el artista. Del autoimpuesto afán de éxito, convertido en obsesión, solo queda una inquietante falta de seguridad que desemboca en el sarcasmo. De ahí los lobos esteparios urbanos o, mejor, esos ángeles vacíos de El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders. Lo que sea esta ideología/lógica es algo que distancia al artista de los impulsos que lo llevaron en un principio a hacer arte. Desde entonces no se puede decir que el mundo del arte y el arte sean una misma cosa.

Esto es especialmente cierto de la retórica de los años noventa, en la cual se ha proclamado el fin del mundo del arte, o el fin del arte, y por la cual el artista se ha tenido que enfrentar a una cultura corporativa —que combina la moda, el comercio, la sociología, los medios, los museos y la crítica— para explicar su obra al mundo.

Como dice Robert Morgan, hablar del mundo del arte se ha vuelto más problemático desde finales del milenio pasado. Consecuentemente, en sus palabras,

los requerimientos culturales y económicos, tanto para que los artistas emergentes como para que los artistas maduros [puedan] lograr sus objetivos, se han visto limitados y a veces negados dentro la sociedad. […]

La ausencia de un público consistente o de un aparato de soporte privado dentro la misma comunidad de arte puede verse como una consecuencia del mercado inflado que produjeron los años ochenta. (Morgan, 1998 pp.7…)

El fin del mundo del arte, como lo describe Morgan, ha sido, desde finales del milenio, un tema constante en la literatura.

Con el posmodernismo el arte reemplazó la necesidad formal de expresar aun obra por la de la idea, es decir, la conceptual. Con el posmodernismo era secundario hablar de relevancia o transformación a través de una experiencia, (por el contrario) se imponía una explicación cientificista-histórica de la obra para transmitirla. (Morgan, The end of the art world, pp. 11

Cultura corporativa

Un aspecto importante en el contexto actual es el del arte financiado por corporaciones. Basta mirar el número de colecciones pertenecientes a bancos, corporaciones, empresas o multinacionales para darnos cuenta de que, de alguna manera, no solo se trata de una labor filantrópica o de mecenazgo, sino que hay una ganancia, un valor agregado, una imagen de inclusión que proyecta el mecenazgo y que en algunos casos sirve para tapar prácticas cuestionables. Básicamente, lo que les interesa a las corporaciones es mostrar que son flexibles y tolerantes para dar una imagen democrática e inclusiva.

Estrategias

Las estrategias para sobrevivir en el mundo del arte contemporáneo no son muy distintas a las que pudo haber usado el artista en otras épocas. Lo que definitivamente sí ha cambiado son las corrientes científicas, políticas y espirituales que nos acechan.

Vulnerabilidad, humor, flexibilidad, movimiento, se hacen a veces más urgentes ante la presencia de ese anquilosamiento que da como resultado una sobriedad autoimpuesta, miedo al ridículo y tedio infinito ante lo cotidiano.

Es precisamente ahora cuando más se requiere de un diálogo con artistas que de alguna manera hacen resistencia a este proceso de condicionamiento inherente en un mundo extrañamente globalizado. El artista se enfrenta al reto de redirigir su sentido de realidad sin perder su autoestima. La activación de núcleos de poder en una sociedad está determinada por artistas y creadores, filósofos y monjes. No se trata de mercadear un logo, sino de mantener una relación ética con respecto a la vida. El artista debe darse cuenta de que todavía tiene una labor transformadora dentro de la sociedad.

La expansión del discurso del arte a ámbitos como la ecología y el trabajo comunal, entre otros; el escape del mundo mediante la apertura a procesos que incluyen la combinación de medios; el cambio del pensamiento genealógico al sincrónico, podrían interpretarse como la búsqueda de verdades más allá de fuentes únicas. la expansión del discurso se concibe como una forma de pensamiento aplicada a sistemas en movimiento y fluctuantes.

Esto implica una posición de resistencia, pero no una negación de la realidad. El poder del artista, como el del malabarista, es encontrar ese ángulo de equilibrio entre aceptación e independencia en un tiempo en el cual 'el signo de arte es más importante que el que el arte mismo' .

Luis Luna Matiz

Villa de Leyva 2017

Conferencia dictada en el seminario 'Catorce Problemas para ingresar a la Cultura Actual' organizado por German Melendez U.Nal y Carlos Rincón (FU Berlin) del departamento de Humanidades de La Universidad Nacional de Colombia entre marzo y junio del 2017 .

Extrañamiento del Mundo

Peter Sloterdijk

Pre Textos 2008

The End Of The Art World

Robert C Morgan

Allworth Press

New York 1998

La Partícula Divina

Lein Lederman y Dick Teresi

Drakontos Bolsillo 2009

Historias Bizantinas de Locura y Santidad

Biblioteca Medieval S

Editorial Siruela1999

 
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